Angela Suazo

Las palabras están hechas de todo aquello que no cabe en el silencio. ¿Están hechas de memoria, de deseo, de heridas, de amor y de territorio? ¿Están hechas de los ecos de quienes fuimos y de los gestos invisibles que repetimos sin saber? ¿Con qué hablamos cuando escribimos? ¿Las palabras son solo sonidos? ¿Signos escritos?, o ¿son piedras sobre las cuales se construye la historia, depósitos vivos que recogen desde dónde el lenguaje nace y de dónde ha mamado?
Son esas piedras las que se resignifican a través de la literatura, donde los escritores, actúan como cronistas de la realidad, transformando la voz popular. Parafraseando a Mijail Bajtín, «El lenguaje no es un medio neutral que se integra libremente, está siempre habitado por las voces de otros» (Estética de la creación verbal, 1979), y es en ese eco de voces donde la literatura encuentra su potencia. Es en el relato de las historias, en el verso de la poesía y en la interrogante que responde el ensayo; es ahí, donde se plasma la identidad de un pueblo, donde la literatura, antes que un mero ejercicio estético, busca convertirse en un diálogo vivo entre el escritor y su comunidad.
Nuestras palabras, las del español dominicano, las de nuestro patio, han tejido con hilos de tradición, resistencia y creatividad la identidad léxica de un pueblo que se ha construido desde la herencia indígena, que aportó vocablos y expresiones propias de los primeros habitantes de la isla. La impronta africana, cargada de ritmos, metáforas y tradiciones; y por supuesto, la colonización española, con su impronta lingüística, que añadió un corpus literario y formal. Como bien señala Orlando Alba, “la lengua dominicana es, por encima de todo, una lengua de contacto” (Sociolingüística del español en República Dominicana, 2010), un espacio de encuentro y de fricción entre mundos diversos. Es esta mezcla la que ha maridado con el tiempo y hoy nos evidencia que, en la riqueza de los matices, modismos y giros propios, está su propia personalidad; sean cuestionados o no por el canon gramatical.
La “palabra dominicana” se ha reinterpretado y resignificado, con términos que se adaptan a nuevas realidades, dotándolos de una perspectiva que trasciende lo meramente comunicativo, integrando sus influencias. Ejemplo de esto, es la influencia del “spanglish”. Dice Ilan Stavans que “El spanglish (por ahora) representa la libertad literaria” la de los escritores transnacionales, de esos que escriben lejos de su país de origen, ajenos a ambos. El spanglish se presenta no como un elemento lingüístico aislado, sino un reflejo de la compleja identidad de los dominicanos ausentes y la tensión entre los dos idiomas, y hoy ya está presente, y con voz propia, en el corpus literario dominicano contemporáneo.
El arte escrito, no solo preserva la herencia lexicográfica, sino que la renueva constantemente, creando un idioma que es a la vez un espejo y un motor de la transformación social, mediante la construcción de una voz literaria que se da en un proceso de diálogo constante entre lo popular y lo erudito. Los escritores, partiendo de su bagaje, formación académica, experiencia lectora y su propia herencia social y familiar, integran en sus textos elementos que le acompañan de la vivencia diaria, de la música, de las festividades y de las tradiciones. Es en esta fusión donde se enriquece el relato y, a su vez, le confiere al español dominicano una dimensión estética y emocional.
He leído literatura de otras tierras. He aprendido a nombrar islas, bebidas y pirámides que no me son propias. He conjugado verbos con un vos y un sois que no habitan mi patio. He practicado la pronunciación de la z, he intentado pensar en inglés, creyendo —como tantos— que las palabras de allá me harían más sabia, más lectora, más completa. Todo eso fui a buscarlo en los libros.
Pero ha sido escuchando a los escritores —no leyéndolos, sino escuchándolos— donde mejor he comprendido de qué están hechas realmente las palabras. Las otras palabras, no las mías. Esas que también arrastran vacilaciones, que pierden letras al hablar deprisa y en confianza. Porque hasta el más consagrado de los escritores, cuando baja del libro al cuerpo, lleva (y nos trae) en su voz las marcas de sus latitudes, la de su infancia, y la de la gente que le construyo.
Por eso me gusta especialmente oírlos. Me anoto en cualquier espacio donde su voz salga del papel: lecturas guiadas, charlas, entrevistas, presentaciones, cualquier oportunidad de sorprenderme con la voz del ser. Porque en ese decir —en las letras que les faltan, en las que se cambian en el mío— hay otra revelación posible: descubrir juntos qué español hablamos cuando dejamos de escribir y empezamos, sencillamente, a estar.
Leer la literatura de nuestro país es esencial para conocernos, reconocernos, construir y renovar nuestro sentido de identidad, acercándonos al corpus de unas letras que han crecido bajo circunstancias sociales, políticas y culturales retadoras. Porque —como dijo Gabriel García Márquez al recibir el Premio Nobel de Literatura— “la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla” (García Márquez, La soledad de América Latina, 1982). Y en ese recordar, en esa manera tan nuestra de contar(nos), se juega también nuestro futuro.
Son esos recuerdos, esa memoria la que se resignifica y vive, en la obra de nuestros escritores, por eso leernos debe ser un acto de reconocimiento, vernos con todos nuestras faltas y nuestros excesos, acceder a ese universo de sabiduría y vivencias que nos permita entender nuestras raíces, valorar nuestras tradiciones y recoger (y sembrar) la semilla con la identidad dominicana se reafirmará en cada palabra. Desde el indigenismo hasta el spoken word.
Nuestras palabras están hechas —como nosotros mismos— de todo lo que no cabe en el silencio. Nuestras palabras están hechas de todas las “s” que les faltan.