La Palabra y su Musicalidad

Por: Lisette Vega

Une bonne phrase en prose doit être comme un bon vers, inchangeable, aussi rythmé, aussi sonore.

Gustave Flaubert, Lettre à Louise Colet.

El lenguaje humano es un tema fascinante.  En su necesidad de dar un significado a su pensamiento y, al mismo tiempo, establecer relaciones por medio de la comunicación con sus semejantes.  En sus orígenes el homo sapiens emitía sonidos inarticulados que no eran sino meros indicios de sus más perentorios requerimientos para sobrevivir, así como de sus manifestaciones de desconcierto ante los muchos fenómenos desconocidos de la naturaleza circundante,  más adelante, esos sonidos se convirtieron en fonemas que poco a poco fueron formando sílabas y vocablos acompañados de acentos tonales o inflexión de la voz, elementos todos que componen lo que se conoce en lingüística como lenguaje articulado, rasgo que distingue al ser humano de todos los demás animales de la naturaleza.  

La lengua no es un objeto, es una actividad.  No es estática, sino puro movimiento.  Este mismo movimiento continuo y espontáneo, induce a cambios con mayor rapidez que los que sucederán en la posterior lengua escrita, cuyas variaciones dependen de reglas establecidas por las debidas autoridades de la lengua, en nuestro caso, la Real Academia de la Lengua Española.  

Vale decir que nos parece innecesaria la identificación entre palabra y música, considerando la cualidad sonora intrínseca de los fonemas que componen la palabra misma.  La música, a su vez, infiere belleza y armonía y es ése precisamente el valor que incorpora el escritor, sea a su discurso sea a su texto narrativo.  Así pues, siguiendo la máxima enunciada por Gustave Flaubert en el epígrafe que adorna este ensayo, y con lo cual coincide Paul Auster, “una buena frase debe ser como un buen verso”; es decir, cautivar al lector con la belleza de las palabras escogidas por su musicalidad interna. Vocablos en sí mismos o cuya combinación armoniosa produzcan efectos lingüísticos evocadores de ideas, sentimientos e historias estéticamente bellas, en algunas ocasiones, inenarrables. Tal es el caso de la experiencia mística, según atestiguan los pocos privilegiados escritores fieles testigos de ese suceso alucinante.

Para concluir, he escogido un fragmento de Julio Cortázar, de su provocativa novela Rayuela:

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándolo como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca entreabierta, y no basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de lo que mi mano te dibuja.

Y, esa impresión de lirismo emotivo se perpetúa hasta tanto los sentidos despiertan de la profunda ensoñación provocada por la cualidad musical armoniosa y bella.

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